domingo, 10 de julio de 2016

Domingo XV del Tiempo Ordinario - «Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?»

Este domingo la Iglesia nos proclama uno de los evangelios que Charles Péguy calificaba como “desvergonzados” porque parece que Dios pierde la vergüenza al mostrarnos su corazón. De maestro a maestro, un letrado va hasta Jesús, no para aprender de Él sino “para ponerlo a prueba”. Un falso interés, vino a desvelar su más crasa ignorancia: “¿quién es mi prójimo?”. Entonces Jesús contará la conmovedora parábola del buen samaritano.

Hay un hombre malherido, medio muerto por una paliza bandida. Sobre ese cruel escenario van a ir pasando diferentes personajes poniendo de manifiesto la calidad de su amor, la caridad de su corazón. En este ejemplo de Jesús, se puso bien a las claras hasta qué punto la “ley puede matar”, cómo hay cumplimientos que son sólo torpes evasiones: cumplo y miento.

El último personaje ante el escenario común, será un samaritano, alguien que no entiende de leyes, ni de distingos. Se topa con un pobre maltratado y… no sabe más. Alguien que seguramente jamás se había planteado qué había que hacer para heredar la vida eterna, pero que sería el único de los actores que había entendido la Ley.

Observemos los verbos empleados: llegó a donde estaba él, lo vio, sintió lástima, se acercó, le vendó las heridas, lo montó en su cabalgadura, lo llevó a una posada, lo cuidó, pagó los gastos… ¿No recuerdan estos verbos las actitudes del padre de la parábola del hijo pródigo?: estando todavía lejos, le vio su padre, se conmovió, corrió hacia él, se echó a su cuello, le besó efusivamente e hizo fiesta en su honor.

Aquel samaritano fue para su hermano prójimo lo que este padre para su hijo pródigo. Nosotros, conocedores de la revelación de la misericordia que se nos ha manifestado en Jesucristo, podemos correr el riesgo de no entender nada del cristianismo, si al preguntarnos legítimamente sobre qué hacer para heredar el cielo, lo hacemos evadiéndonos de la tierra, del dolor de Dios que Él quiere sufrir en tantos de sus hijos pobres, enfermos, marginados, torturados, expatriados, asesinados, silenciados… Ser cristiano es tener la entraña de Dios, es decir, vivir con misericordia. Ser prójimo, en cristiano, es practicar la misericordia con cada próximo, sea quien sea. Y Jesús añadió, y hoy nos añade a nosotros: anda, haz tú lo mismo.
 Monseñor Jesús Sanz Montes, ofm

domingo, 3 de julio de 2016

Domingo XIV del Tiempo Ordinario - “Y les decía: «La mies es abundante y los obreros pocos; rogad, pues, al dueño de la mies que mande obreros a su mies.”.

Queridos hermanos:
Jesús no quiso realizar el sólo su propia misión, reunió a diversas personas para ser sus mensajeros, hoy se nos habla de setenta y dos, aparte del simbolismo del número, está claro que el ser evangelizadores no se reduce a los doce: “La mies es abundante y los obreros pocos; rogad, pues, al dueño de la mies que mande obreros a su mies”. Todos estamos llamados a ser misioneros, pero con unas actitudes que en el evangelio de hoy quedan bastante claras y vamos a enumerar.
1-Lo primero es anunciar el Reino, esto no puede esperar más: “Curad a los enfermos que haya, y decid: Está cerca de vosotros el Reino de Dios”, “Aunque no os reciban decid: De todos modos, sabed que está cerca el Reino de Dios”. Esta es la gran tarea que hay que realizar y es urgente llevar la Buena Noticia hasta los confines de la tierra. En vez de lamentarnos de lo mal que están las cosas, de que no quieren oír, de la creciente indiferencia, tendremos que pedir la fuerza para realizar nuestra misión.
2-“De dos en dos”, quizás por aquello que también se dice en el Evangelio: “Donde dos o tres estéis reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de vosotros” (Mt 18,20). Además de dar protección, sentirse acompañados, son necesarios dos testigos que confirmen la autenticidad de la palabra que trasmiten. Los cristianos no somos francotiradores, lo que hace creíble la misión es también el sentido comunitario.
3-En pobreza: “No llevéis talega, ni alforja, ni sandalias”. Haciendo ver a la gente su confianza absoluta en el Padre y dando credibilidad a su predicación, despreocupándose de aquello en lo que se afanan los hombres. Esto no impide que puedan:”Quedarse en la misma casa, comed y bebed de lo que tengan, porque el obrero merece su salario”. Más curioso es leer en el texto: “No os detengáis a saludar a nadie por el camino”, cuando el saludo es algo tan ritual entre los judíos: “Cuando entréis en una casa, decid primero: Paz a esta casa”. Parece contradictorio, pero lo de no saludar debe ser por la urgencia, para no parar y tiene algo de provocación.
4-En un ambiente difícil: “Mirad que os mando como corderos en medio de lobos”, Jesús es consciente de que muchos no darán veracidad a sus palabras y que la misión siempre es peligrosa, encontrará persecución y oposición. “Cuando entréis en un pueblo y no os reciban, salid a la plaza y decid: Hasta el polvo de vuestro pueblo, que se nos ha pegado a los pies, nos lo sacudimos sobre vosotros. Os digo que aquel día será más llevadero para Sodoma que para ese pueblo” y es que la Palabra de Dios juzga, discierne, pone o no del lado del Reino.  
5-Que nos debe llevar a la humildad, no a buscar el éxito. El regreso de los setenta y dos, contentos del éxito, da pie a Jesús para advertirnos de los peligros del poder y del engreimiento. Hay que tener la humildad necesaria para saber que el poder que da la autoridad: “hasta los demonios se nos someten en tu nombre”, no es nuestro, ni podemos utilizarlo en provecho propio, nada de prepotencia. El Evangelio y la misión de anunciar el Reino lo hemos recibido gratis, para comunicarlo gratis, no como una ventaja o un privilegio, como dice San Pablo a los Gálatas en la segunda lectura de hoy: “Dios me libre de gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, en la cual el mundo está crucificado para mí, y yo para el Mundo”.
 Julio César Rioja, cmf


domingo, 26 de junio de 2016

Domingo XIII del Tiempo Ordinario - “Te seguiré adonde vayas”.

Cuando se iba cumpliendo el tiempo de ser llevado al cielo…”. Con fórmula solemne y penetrante anuncia el Señor su muerte y resurrección. Muerte que no es fruto del azar, ni del destino, sino cumplimiento de la misión que el Padre le ha encomendado. Resurrección que es también ascensión. Aquí el evangelista evoca todo el misterio pascual, su etapa dolorosa y sombría y su etapa gloriosa y luminosa.

Contemplamos este momento decisivo en el Corazón de Jesús que “tomó la decisión de ir a Jerusalén”. El Señor toma esta decisión muy deliberada, libre de condicionamientos; quiere cumplir hasta el fin su misión, va a Jerusalén a entregar su vida en señal de amor al Padre y a todos nosotros. Nadie como Él se ha encarado tan libremente ante la muerte.

Hemos de aprender de Jesús a tomar decisiones importantes en nuestra vida; tomémoslas con el Señor, ayudados de su luz y de su gracia.

“Envió mensajeros por delante. De camino entraron en una aldea de Samaría para prepararle alojamiento. Pero no lo recibieron porque se dirigía a Jerusalén”. Los judíos consideraban cismáticos a los samaritanos, porque éstos no daban culto a Dios en el templo de Jerusalén, sino en el que ellos habían construido en el monte Garizím. Los samaritanos se sentían despreciados por los judíos y por eso no los recibían cuando pasaban por su tierra.

Jesús no evita pasar por esta tierra, no es amigo de racismos, su amor es universal. El ha venido para que todos tengan vida abundante y conozcan al Padre.

“Al ver esto, Santiago y Juan, discípulos suyos, le preguntaron: “Señor, ¿quieres que mandemos bajar fuego del cielo que acabe con ellos?”. Santiago y Juan son discípulos de genio vivo y violento, han tomado de Jesús el poder y no la misericordia, piden el fuego del cielo para los que no comprenden ni aceptan al Maestro; comidos por el celo de Dios estaban decididos a imponer las cosas a sangre y fuego; se sienten casi dueños de la fuerza de Dios y están dispuestos a usarla para lo que Dios no la usaría jamás: para la venganza personal. No se preocupan de que haya proporcionalidad entre el castigo y la falta cometida, tampoco se plantean el problema de su conversión personal. Todavía no habían comprendido mucho del mensaje de Jesús.

“Él se volvió y les regañó. Y se marcharon a otra aldea”. Jesús nos manifiesta una vez más la verdadera imagen de Dios. Contemplamos al Señor, sencillo, pacífico, paciente, humilde… Cristo, aun conociendo la tendencia humana a juzgar y condenar al prójimo, aun sabiendo de la intolerancia de sus discípulos que quieren que baje el fuego de la cólera divina sobre los que no piensan como ellos, acepta con paciencia a los suyos, los ama, sabe respetar sus ritmos de crecimiento, los plazos en el conocimiento de la verdad, aguanta sus deficiencias, sabiendo también que pueden ser transformados por su amor.

Ahora aparecen tres casos de vocación.

El primero es el hombre mismo el que se presenta, toma la iniciativa y le propone a Jesús: “Te seguiré adonde vayas”. Este hombre se cree seguro, fuerte, generoso. Jesús le advierte que para seguirle no basta el entusiasmo. Seguir al Señor tiene sus dificultades: “El Hijo del Hombre no tiene dónde reclinar la cabeza”. Jesús le habla de pobreza, de participar en su destino trágico, de estar dispuesto a ser rechazado como Él lo fue. Seguir a Jesús en no tener  seguridades, porque Él es nuestra seguridad.

En el segundo y en el tercer caso es Jesús el que invita a seguirle. “A otro le dijo: Sígueme. Él respondió: Déjame primero ir a enterrar a mi padre”. La respuesta de Jesús: “Deja que los muertos entierren a sus muertos…”, es inverosímil. Dar sepultura a los muertos es un acto natural en todas las civilizaciones, y una obligación sagrada, es una obra de misericordia. Esta respuesta de Jesús nos indica que Dios siempre ha de ser el primero en todo, que seguirle a Él está en un orden distinto al terreno. El discípulo sólo tiene una cosa que hacer: “anunciar el Reino de Dios”, ante esto todo lo demás es relativo. Anunciar a Jesucristo no admite demora alguna.

“Otro le dijo: Te seguiré, Señor. Pero déjame primero despedirme de mi familia”. El que quiera seguir a Jesús tendrá que poner en segundo plano todos los lazos familiares y afectivos. Para seguir a Jesús no sirve ni el que se entretiene en despedirse de sus familiares. Jesús es verdaderamente un hombre de carácter que sabe bien lo que quiere y está dispuesto a cumplir la voluntad del Padre sin vacilaciones. Su vida es un sí tajante a su vocación; por eso exigirá a los suyos: “El que echa la mano al arado y sigue mirando atrás, no vale para el Reino de Dios”.

Pidamos al Señor que conceda este temple a los que Él llama a consagrar toda la vida en su servicio. 
Mons. Rafael Escudero López-Brea

domingo, 19 de junio de 2016

Domingo XII del Tiempo Ordinario - JESÚS les preguntó: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?» Pedro tomó la palabra y dijo: «El Mesías de Dios.»

“Una vez que Jesús estaba orando solo, en presencia de sus discípulos…”. El texto evangélico de hoy habla de la oración de Jesús, insiste particularmente en esta dimensión orante de la vida de Jesús antes de los momentos decisivos de su misión. Jesús, el hijo de María, el carpintero de Nazaret, fue un hombre de su tiempo. Es verdad también que confesamos a este hombre como Hijo de Dios, Dios hecho carne que habitó entre nosotros. Pero, como muy bien lo afirma el Concilio Vaticano II, Jesús “trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia de hombre, obró con voluntad de hombre, amó con corazón de hombre” (Gaudium et Spes, 22). Por tanto, podemos también afirmar que su oración fue una oración conforme a su corazón de hombre. Su encuentro frecuente con Dios en la oración respondió a una necesidad vital de comunicación y de comunión con el Padre. No se trató sólo y simplemente de un ejemplo para estimular nuestra oración. No fue una enseñanza más o una recomendación hecha desde fuera.

Los discípulos están unidos a Jesús. A ellos se les concede verlo como a Aquel que habla con el Padre cara a cara, de tú a tú, como a un igual, como un Hijo con su Padre. Los discípulos ven que Jesús está totalmente identificado con el Padre, que es uno con el Padre.

Los aprendizajes vitales que Jesús compartió con sus discípulos germinaron en horas de silencio y soledad. Momentos de apertura dócil a la acción de Dios. Jesús vivió largos momentos de oración y contemplación. Sólo desde la oración sencilla y cotidiana es posible vivir el misterio de nuestro camino de fe. Tal vez convenga preguntarnos hoy: ¿Cuánto tiempo dedicamos a la oración? ¿Qué relación existe entre nuestra oración y nuestra vida?

De la oración de Jesús surgieron preguntas: “¿Quién dice la gente que soy yo?”. Puede haber un conocimiento externo de Jesús, que es insuficiente para creer en Él, amarle, seguirle… “Ellos contestaron: Unos que Juan el Bautista, otros que Elías, otros dicen que ha vuelto a la vida uno de los antiguos profetas”. Las opiniones de la “gente” tienen en común que sitúan a Jesús en la categoría de los profetas, son aproximaciones al misterio de Jesús, pero no llegan a la verdadera naturaleza de Jesús. Se aproximan a Él desde el pasado, no desde su ser mismo. Se trata de un conocimiento que no lleva a una relación personal con Él ni a un compromiso de vida definitivo.

“Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?”. Pedro, impresionado y sobrecogido ante la presencia orante de Jesús, en nombre de todos, da una respuesta que parece completa y que se aleja de la opinión de los demás: “El Mesías de Dios”, manifestando y poniendo de relieve la pertenencia del Mesías a Dios. Pedro y los discípulos reconocen que la persona de Jesús no tiene cabida en la categoría de los profetas, que Él es mucho más que un profeta, alguien diferente. Lo habían visto en sus acciones milagrosas, en la autoridad de su enseñanza, en el poder de perdonar los pecados, en su trato de igual con el Padre. Jesús es el Mesías, pero no en el sentido de un simple encargado de Dios. Esta declaración de Pedro para nosotros es sublime, siempre hemos de intentar penetrar en su significado; pero sólo se nos puede hacer comprensible en el contacto con Jesús a través de la oración, en el encuentro con Él, vivo y resucitado. El discípulo puede tener un mayor, íntimo y profundo conocimiento del Corazón de Cristo, si cree en Él y le sigue. Desde ahí llevaremos a cabo nuestra misión de cristianos en medio del mundo.
 Mons. Rafael Escudero López-Brea


domingo, 12 de junio de 2016

Domingo X del Tiempo Ordinario_ Jesús dijo a la mujer: «Tu fe te ha salvado, vete en paz.»

“Un fariseo rogaba a Jesús que fuera a comer con él. Jesús, entrando en casa del fariseo, se puso a la mesa”. Simón sabe que Jesús conoce a los hombres, pero no se imagina que los conoce entrando en su conciencia e iluminándola con su luz. Simón está lleno de sí, de su dignidad de buen fariseo cumplidor de la Ley, satisfecho de sí mismo y de sus obras, está convencido de haber agradado a Jesús invitándolo a comer y espera que Jesús le agradezca su invitación. La luz de Jesús no puede penetrar en Simón, porque encuentra materia opaca y emergen las sombras de la soberbia y la vanidad, de la presunción y del desprecio que tiene hacia los demás que le lleva a juzgar a Jesús y a la mujer: “Si éste fuera profeta, sabría quién es esta mujer que lo está tocando y lo que es: una pecadora”. Su corazón está cerrado.



“Y una mujer de la ciudad, una pecadora, al enterarse de que estaba comiendo en casa del fariseo, vino con un frasco de perfume y, colocándose detrás Junto a sus pies, comenzó a llorar, y con sus lágrimas le mojaba los pies, se los secaba con sus cabellos, los cubría de besos y los ungía con el perfume”. La mujer pecadora es transparente, abierta a la luz de Jesús que la conoce transformándola. La mujer llora sus pecados a los pies de Jesús pensando que no vale nada, que no merece nada, porque ha pecado mucho. La gente murmura de ella y ella busca a Jesús y se abandona en Jesús. La luz de Jesús entra en su corazón perdonándola y reconstruyendo su vida perdida. La mujer ha buscado a Cristo y Él se ha dejado encontrar por ella. Ella ha sido alcanzada por Cristo Salvador.



Jesús conociendo y amando al fariseo y a la pecadora pone de manifiesto ante ellos mismos sus diversas realidades interiores: “Jesús tomó la palabra y le dijo: «Simón, tengo algo que decirte». Él respondió: «Dímelo, maestro». «¿Ves a esta mujer? Cuando yo entré en tu casa, no me pusiste agua para los pies…, no me diste el beso de saludo…, no me ungiste la cabeza con ungüento”. Simón que presumía de sus grandes méritos, queda desenmascarado como un hombre mezquino, áspero, frío, árido, incapaz de acoger bien a los demás. El Señor ilumina la conciencia de Simón para que tenga la oportunidad de cambiar la triste situación en la que se encuentra.



La pecadora, que era despreciada, demuestra tener un corazón grande. Ella es consciente del amor de Cristo, ella sabe que Jesús la ama y sufre por su pecado. Y este conocimiento del amor herido del Señor le lleva a corresponder con un amor reparador concretado en obras: “…me ha lavado los pies con sus lágrimas y me los ha secado con sus cabellos, no ha dejado de besarme los pies, me ha ungido los pies con perfume”. La reparación se funda en el amor, en la amistad y en la misericordia de Dios. El pecador de vuelve al Señor, tocado por su amor, y vive en adelante con más amor en compensación de la falta de amor que supone cada pecado. Esto sólo lo podemos vivir si se da una experiencia de encuentro con el Corazón del Padre, si nos sentimos tocados por su amor, entonces nos damos cuenta de lo mal que tratamos al Señor, sentimos dolor por ofender al Amor y a la vez surge un anhelo de amar más y mejor, de vivir una vida más diligente y generosa respecto a Dios y a los hermanos; se va creando en nosotros un corazón de hijo para con Dios, que sintoniza con el sufrimiento del Corazón del Padre, y un corazón de hermano, que se solidariza con el sufrimiento de los demás. Esta es la preciosa gracia de vivir un amor reparador. La reparación es el deseo y la decisión de de agradar al Señor en todo. Es mostrar delicadeza en el trato con Cristo y servirle generosamente. “Por eso…, sus muchos pecados están perdonados, porque tiene mucho amor; pero a quien poco se le perdona, es porque demuestra poco amor». Y a ella le dijo: «Tus pecados están perdonados…, tu fe te ha salvado: vete en paz”.



domingo, 5 de junio de 2016

Domingo X del Tiempo Ordinario - JESÚS dijo: «¡Muchacho, a ti te lo digo, levántate!»

Jesús va de camino con sus discípulos y mucho gentío, a la entrada de Naín se cruzan con otra comitiva, unos entran y otros salen: “sacaban a enterrar a un muerto”. Se encuentran la muerte y la Vida, el Maestro muestra su cercanía a los más pequeños una vez más, a los débiles, a esta mujer que es viuda y encima ha perdido a su único hijo, acoge su pena y sufrimiento: “Le dio lástima y le dijo: No llores”. ¿Con qué autoridad se puede decir a una madre que no llore?, las dos comitivas están expectantes: “Se acercó al ataúd, lo tocó, los que lo llevaban se pararon, y dijo: ¡Muchacho, a ti te lo digo, levántate! El muerto se incorporó y empezó a hablar”. Triunfa la vida y se acaba el llanto.



Cuantas madres clamando al cielo en los campos de refugiados, en las playas de Grecia, en Palestina, en cualquier país africano, con sus hijos muriendo de hambre en su regazo. Cuantas madres coraje fregando escaleras para sacar a sus hijos adelante, llorando a escondidas el maltrato o la incertidumbre, de no saber si su hijo ronda el consumo… Pero estamos acostumbrados y nos suele gustar más el funeral que el muerto, escondemos el dolor, nos compadecemos, pero no nos paramos. Hay que parar y aunque no sepamos qué decir, ante el misterio del dolor, muchas veces lo mejor es el silencio, mirar, abrazar, acoger, denunciar, presentar a Dios en la oración con las manos vacías a las criaturas que él creo, sintiendo la impotencia de lo poco que podemos hacer.

Lo que ocurre después en el texto, es que: “Todos sobrecogidos, daban gloria a Dios, diciendo: Un gran profeta ha surgido entre nosotros. Dios ha visitado a su pueblo”. Quedaron desconcertados, pero más allá de ver él poder de Jesús sobre la muerte, aprendieron que hay que luchar contra todo mal, secar las lágrimas, poner el hombro. Con la certeza, de que en medio de nosotros, está el que es “capaz de sacar nuestras vidas del abismo” y dar sentido con su sufrimiento al nuestro. No en vano Lucas (6,21), en el capítulo anterior, nos dice: “Dichosos los que ahora lloráis, porque reiréis” y parece que no es cuestión de esperar a llegar a la Casa del Padre.



“Dios ha visitado a su pueblo” y es necesario confiar y creer en esa lectura del Apocalipsis que solemos leer en los funerales: “Ésta es la morada de Dios con los hombres: acampará entre ellos. Ellos serán su pueblo, y Dios estará con ellos y será su Dios. Enjugará las lágrimas de sus ojos. Ya no habrá muerte, ni luto, ni llanto, ni dolor. Porque el primer mundo ha pasado. Y el que estaba sentado en el trono dijo: Todo lo hago nuevo”. Y es que Dios, no quiere que nadie llore o que viva en el desconsuelo y la desolación.
 Julio César Rioja, cmf

domingo, 29 de mayo de 2016

LA SOLEMNIDAD DEL SANTISIMO CUERPO Y SANGRE DE CRISTO


La Eucaristía es el Sacramento que contiene verdaderamente el Cuerpo y Sangre de Jesucristo, juntamente con su Alma y Divinidad, toda la Persona de Cristo vivo y glorioso, bajo las apariencias de pan y vino.

La palabra Eucaristía, derivada del griego, significa "Acción de gracias". Se aplica a este sacramento, porque nuestro Señor dio gracias a su Padre cuando la instituyó. Además, porque el Santo Sacrificio de la Misa es para nosotros el mejor medio de dar gracias a Dios por sus beneficios.



"Yo soy el pan de la vida.
Vuestros padres comieron el maná en el desierto
Y murieron; éste es el pan que baja del cielo,
para que quien lo coma no muera.
Yo soy el pan vivo, bajado del cielo.
Si uno come de este pan, vivirá para siempre;
y el pan que yo le voy a dar, es mi carne por
la vida del mundo…."Si no coméis la carne
del Hijo del hombre, y no bebéis su sangre,
no tenéis vida en vosotros.

"El que come mi carne y bebe mi sangre,
tiene vida eterna, y yo lo resucitaré el ultimo día.
Porque mi carne es verdadera comida
y mi sangre verdadera bebida.
El que come mi carne y bebe mi sangre,
permanece en Mí, Y yo en él".

"Lo mismo que el Padre, que vive, me ha enviado
y yo vivo por el Padre, también el que me coma
vivirá por mí". Jn 6, 48-57

 "Mientras estaban comiendo, tomo Jesús pan
y lo bendijo, lo partió y, dándoselo a sus discípulos dijo:
"Tomad, comed, éste es mi cuerpo."
Tomo luego una copa y, dadas las gracias, se la dio diciendo:
"bebed de ella todos, porque ésta es mi sangre de la Alianza,
que es derramada por muchos para el perdón de los pecados".
Mt 26, 26-28

"Hagan esto en memoria mía".
Lc 22,19 



domingo, 22 de mayo de 2016

SANTISIMA TRINIDAD

La Santísima Trinidad, deja ver también las relaciones que hay entre las tres Divinas Personas; aunque esas relaciones son distintas, tampoco dividen la misma y única esencia de Dios.
-El Padre es pura Paternidad.
- El Hijo es pura Filiación.
- El Espíritu Santo es puro Nexo de Amor.

"El Señor Jesús, cuando ruega al Padre que 'todos sean uno, como nosotros también somos uno' abriendo perspectivas cerradas a la razón humana, sugiere una cierta semejanza entre la unión de las personas divinas y la unión de los hijos de Dios en la verdad y en la caridad. Esta semejanza demuestra que el hombre, única criatura terrestre a la que Dios ha amado por sí misma, no puede encontrar su propia plenitud si no es en la entrega sincera de sí mismo a los demás"

domingo, 15 de mayo de 2016

PENTECOSTÉS "VENIDA DEL ESPÍRITU SANTO"



Muchas veces hemos escuchado hablar del Espíritu Santo; muchas veces quizá también lo hemos mencionado y lo hemos invocado. Piensa cuántas veces has sentido su acción sobre ti: cuando sin saber cómo, soportas y superas una situación, una relación personal difícil y sales adelante, te reconcilias, toleras, aceptas, perdonas, amas y hasta haces algo por el otro…. Esa fuerza interior que no sabes de dónde sale, es nada menos que la acción del Espíritu Santo que, desde tu bautismo, habita dentro de ti.

El don del Espíritu Santo es el que:



 -   nos eleva y asimila a Dios en nuestro ser y en nuestro obrar;

 -   nos permite conocerlo y amarlo;

 -   hace que nos abramos a las divinas personas y que se queden en nosotros.



La vida del cristiano es una existencia espiritual, una vida animada y guiada por el Espíritu hacia la santidad o perfección de la caridad. Gracias al Espíritu Santo y guiado por Él, el cristiano tiene la fuerza necesaria para luchar contra todo lo que se opone a la voluntad de Dios.




domingo, 8 de mayo de 2016

VII DOMINGO DE PASCUA " LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR"


A los cuarenta días después de la Resurrección habiendo instruido a sus Apóstoles sobre la nobilísima misión de establecer el Reino de Dios en el mundo, Jesús iba a subir al cielo, donde le esperaban las glorias celestiales. Bendijo a su querida Madre, a los Apóstoles y discípulos y se despidió de ellos.
Jesús entró en los cielos para tomar posesión de su gloria. Mientras estaba en la tierra, gustaba siempre de la visión de Dios; pero únicamente en la Transfiguración se manifestó la gloria de su Humanidad Sacratísima, que, por la Ascensión, se colocó al lado del Padre celestial y quedó ensalzada sobre toda criatura humana.

Dios y Padre nuestro, haznos participar del gozo de la Ascensión de tu Hijo Jesucristo. Que la sigamos en la nueva creación, pues su ascensión es nuestra gloria y nuestra esperanza. Te lo pedimos por nuestro Señor Jesucristo.




domingo, 1 de mayo de 2016

VI DOMINGO DE PASCUA "EL ESPÍRITU SANTO LES RECORDARÁ LO QUE LES HE DICHO"

Poner en práctica la palabra y amar como Jesús nos amó es algo que no podemos lograr por nuestras propias fuerzas.Por eso, abramos nuestra vida al soplo del Espíritu. Como el viento mueve y empuja, así el Espíritu Santo nos impulsará.No tendremos que tensionarnos, sino dejarnos llevar.


sábado, 23 de abril de 2016

V DOMINGO DE PASCUA "LES DOY UN MANDAMIENTO NUEVO: QUE SE AMEN UNOS A OTROS; COMO YO LOS HE AMADO"


Este amor es el fundamento y germen del Reino nuevo que Cristo ha venido a inaugurar. Es este amor el que todo lo hace nuevo e inaugura ya en esta tierra un pueblo nuevo, una comunidad de personas que ha de distinguirse ante todos por el amor que se tienen los unos a los otros. Este reino inaugurado por el Señor en la tierra aguarda su consumación en el cielo nuevo y la tierra nueva en los que Dios y los hombres vivirán en plena comunión.
¿Pero por qué dice Jesús que este mandamiento es “nuevo”? ¿Dónde está la novedad, si el mandamiento del amor al prójimo ya existía en la Ley antigua? (ver Lev 19,18). La novedad está en el modo de amar, la novedad está en amar como Cristo nos amó, es decir, en amar con su mismo amor. El Señor Jesús es modelo y fuente del amor que reconcilia y renueva al ser humano, del amor que hace de él una nueva criatura, del amor que se convertirá en el distintivo de sus discípulos: «En esto reconocerán todos que ustedes son mis discípulos: en el amor que se tengan unos a otros».




domingo, 17 de abril de 2016

IV DOMINGO DE PASCUA "EL BUEN PASTOR"

Jesús nos dice con firmeza y ternura:"Pequeña oveja, estás en mis manos, nadie te arrebatará, yo me encargo de ti". Estar en las manos de Dios es lo mejor que nos puede pasar.




domingo, 10 de abril de 2016

III DOMINGO DE PASCUA. «Pedro, ¿me amas más que éstos?»

San Pedro fue un gran amante de Nuestro Señor. Falló una vez y le negó, todos lo sabemos y él jamás lo olvidaría. Pero después de ese suceso penoso hizo su fuerte resolución de jamás abandonar al Maestro. Jesús no duda del amor de su "Roca", pero le hace un triple examen para poderle repetir tres veces cómo quiere él que le demuestre su afecto. "Me amas. Apacienta mis ovejas".

Muchas formas ingeniosas podemos idear para manifestar nuestro amor, pero siempre será mucho más acertada aquella que nuestra persona amada nos ha confiado que le gusta más. Desde entonces San Pedro tuvo muy claro que amar a su grey -todos los cristianos- era lo mismo que amar a su Maestro, y que si quería darle su vida debía darla a sus ovejas. Lo importante siempre es hacer lo que Dios quiere y como Él lo quiere.




domingo, 3 de abril de 2016

SEÑOR DE LA DIVINA MISERICORDIA

El Señor Jesús, preguntado por lo que significaban, explicó: “El rayo pálido simboliza el Agua que justifica a las almas. El rayo rojo simboliza la Sangre que es la vida de las almas (….). Bienaventurado quien viva a la sombra de ellos” (Diario, 299).
Purifican el alma los sacramentos del bautismo y de la penitencia, mientras que la alimenta plenamente la Eucaristía. Entonces, ambos rayos significan los sacramentos y todas las gracias del Espíritu Santo cuyo símbolo bíblico es el agua y también la nueva alianza de Dios con el hombre contraída en la Sangre de Cristo.
A la imagen de Jesús Misericordioso se le da con frecuencia el nombre de imagen de la Divina Misericordia. Es justo porque la Misericordia de Dios hacia el hombre se reveló con la mayor plenitud en el misterio pascual de Cristo.


domingo, 27 de marzo de 2016

miércoles, 6 de enero de 2016

EPIFANÍA DEL SEÑOR



 El sagrado misterio de la Epifanía está referido en el evangelio de san Mateo. Al llegar los magos a Jerusalén, éstos preguntaron en la corte el paradero del "Rey de los judíos". Los maestros de la ley supieron informarles que el Mesías del Señor debía nacer en Belén, la pequeña ciudad natal de David; sin embargo fueron incapaces de ir a adorarlo junto con los extranjeros. Los magos, llegados al lugar donde estaban el niño con María su madre, ofrecieron oro, incienso y mirra, sustancias preciosas en las que la tradición ha querido ver el reconocimiento implícito de la realeza mesiánica de Cristo (oro), de su divinidad (incienso) y de su humanidad (mirra).








domingo, 9 de agosto de 2015

Jesús dice, yo soy el pan que baja del cielo

El Santo Padre indicó que hoy continúa la lectura del sexto capítulo del Evangelio de Juan, en el que Jesús, tras realizar el milagro de la multiplicación de los panes, “explica a la gente el significado de aquel ‘signo’”.
El Papa recordó que “como había hecho antes con la Samaritana, a partir de la experiencia de la sed y del signo del agua, Jesús aquí parte de la experiencia del hambre y del signo del pan, para revelarse e invitarnos a creer en Él”.
“La gente lo busca, la gente lo escucha, porque se ha quedado entusiasmada con el milagro: ¡querían hacerlo rey! Pero cuando Jesús afirma que el verdadero pan, donado por Dios, es Él mismo, muchos se escandalizan, no comprenden, y comienzan a murmurar entre ellos”.
Ante esto, dijo el Papa, “Jesús responde: ‘Nadie puede venir a mí, si no lo atrae el Padre que me envió’, y añade ‘Les aseguro que el que cree, tiene Vida eterna’.
“Nos sorprende, y nos hace reflexionar esta palabra del Señor: ‘Nadie puede venir a mí, si no lo atrae el Padre’, ‘el que cree en mí, tiene Vida eterna’. Nos hace reflexionar”.
Francisco destacó que “esta palabra se introduce en la dinámica de la fe, que es una relación: la relación entre la persona humana, todos nosotros, y la Persona de Jesús, donde un papel decisivo juega el Padre, y naturalmente, también el Espíritu Santo, que está implícito aquí”.
El Santo Padre subrayó que “no basta encontrar a Jesús para creer en Él, no basta leer la Biblia, el Evangelio: esto es importante ¿eh? Pero no basta. No basta ni siquiera asistir a un milagro, como aquel de la multiplicación de los panes”.
“Muchas personas estuvieron en estrecho contacto con Jesús y no le creyeron, es más, también lo despreciaron y condenaron”, recordó, para luego cuestionarse “¿por qué, esto? ¿No fueron atraídos por el padre? No: esto sucedió porque su corazón estaba cerrado a la acción del Espíritu de Dios. Y si tú tienes el corazón cerrado la fe no entra”.

En cambio, destacó, “la fe, que es como una semilla en lo profundo del corazón, florece cuando nos dejamos ‘atraer’ por el Padre hacia Jesús, y ‘vamos a Él’ con ánimo abierto, con corazón abierto, sin prejuicios; entonces reconocemos en su rostro el Rostro de Dios y en sus palabras la Palabra de Dios, porque el Espíritu Santo nos ha hecho entrar en la relación de amor y de vida que hay entre Jesús y Dios Padre. Y allí nosotros recibimos el don, el regalo de la fe”.
Con esta actitud de fe, dijo el Papa, “podemos comprender el sentido del ‘Pan de la vida’ que Jesús nos dona, y que Él expresa de esta manera: ‘Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá eternamente, y el pan que yo daré es mi carne para la Vida del mundo”.

domingo, 14 de junio de 2015

XI TIEMPO ORDINARIO: LA SEMILLA QUE CRECE...Y EL GRANO DE MOSTAZA.

La primera parte del texto de hoy corresponde a la parábola de la semilla que crece de día y de noche. Subraya el contraste entre la venida del Reino de Dios, simbolizada en la semilla sembrada y la impotencia del labrador para hacerla germinar y crecer. El Reino es la semilla que crece por sí misma sin que el campesino sepa cómo.


Se afirma la prioridad absoluta de Dios, frente a la cual no tiene sentido pensar que su Reino depende de la actividad humana, o que se rige según los criterios mundanos que regulan las relaciones de producción. El cristiano sabe que, después de ponerlo que está de su parte para colaborar en el crecimiento del Reino, ha de abandonarlo todo en manos de Dios que hace mucho más que lo que nosotros podemos realizar. En este sentido es famosa la frase atribuida a S. Ignacio: «Pon de tu parte como si todo dependiera de ti y no de Dios, pero confía como si todo dependiera de Dios y no de ti».

Se podría decir también: «Confía en Dios sin olvidarte jamás de hacer todo lo que puedas por ti mismo; trabaja sin olvidar jamás que,en definitiva, todo depende solamente de la gracia de Dios» (H. Rahner). Este pensamiento corresponde a lo que el mismo Jesús dice en el evangelio de Lucas: Cuando hayan hecho lo que se les había mandado digan: Siervos inútiles somos, hemos hecho lo que debíamos hacer (Lc 17,10).

Dejarle el resultado final a Dios, después de haber obrado con firmeza y perseverancia, mantenerse fiel en el buen propósito, aunque muchas veces no sea posible conocer los resultados, creer con confianza absoluta en el poder de Dios que obra muy por encima de lo que nuestras débiles fuerzas pueden lograr, este es el modo de andar en la vida como Jesús nos enseña. En nuestro esfuerzo diario por encarnar en nosotros mismos, en nuestra familia y en la sociedad los valores del evangelio, la actitud de responsabilidad que va unida a la confianza nos libra de todo voluntarismo ingenuo y de la angustia que se siente por creer que el éxito depende únicamente de nuestra propia capacidad. Dios es quien hace germinar y crecer y fructificar la semilla que el hombre siembra.

En un mundo que exacerba el sentido de la propia eficacia y del éxito personal, es muy fácil caer en el cansancio y en el desaliento. Se vive para el trabajo y la producción, y otras realidades de la vida humana, como la atención de la familia y el cultivo de nuestra vida espiritual, pierden valor y se descuidan. El resultado tantas veces comprobado es la incomunicación, la falta del sentido de lo gratuito, es decir, de aquellas cosas cuyo valor no es económico pero que son imprescindibles para poder mantener unas relaciones verdaderamente humanas con los demás, con nuestro propio interior y con Dios. No hay tiempo para nada, porque no se valora ese tiempo “perdido” que es la dedicación al hogar, el simple estar a gusto con las personas queridas, la expresión del afecto y, en el plano religioso, la oración, la meditación, la lectura de la Biblia, el silencio interior y exterior. Incluso para todo cristiano maduro que orienta su vida profesional a la construcción de un país más humano y dichoso para todos, es una necesidad el recordar que no siempre sus esfuerzos obtendrán el éxito esperado y que el Reino de Dios es mucho más que una construcción humana, razón por la cual hay que mantener la confianza en el Padre y no olvidar nunca que Dios es siempre más.

La segunda parte del texto es la parábola del granito de mostaza, símbolo del Reino en acción. Como la semilla de mostaza, el Reino tiene apariencia casi insignificante, casi invisible, y hay que discernir para reconocerlo. Actúa en la historia como actuó Jesús: en pobreza, sin poder religioso ni político. Su conocimiento está reservado a los pequeños y sencillos.


La parábola hace pensar en Cristo, grano caído en tierra, Dios que se abaja para asumir nuestra condición humana y se revela haciéndose un Niño que nace en un pesebre. Hay aquí una invitación a entrar por los caminos de Dios, por la lógica del Reino: según la cual, el mayor es quien se ha hecho el más pequeño de todos (Lc 9,48; 22,26 ss.). La parábola nos libra de todo delirio de grandeza.