sábado, 13 de enero de 2018

II SEMANA DE TIEMPO ORDINARIO - MAESTRO, ¿DÓNDE VIVES? ¡VEN Y VERÁS!

Juan Bautista presenta a Jesús como el “Cordero de Dios” para invitar a todo aquel que desea conocerlo. No lo muestra revestido de poder ni de gloria deslumbrante y cegadora; por el contrario, la imagen lo representa inocente, dócil, desprovisto de poder. El testimonio de Juan les sirve a sus discípulos para hacerse una idea de quién es Jesús; sin embargo, lo que les abrirá el deseo de seguirlo e imitarlo es el encuentro personal con el Maestro.

Hoy vemos que muchos “siguen” a Jesús, pero son pocos los que se comprometen con el discipulado. Por eso, la pregunta que les formula el Señor a estos hombres es sobre lo que buscan. En la misma dirección, en algún momento de su vida, cada creyente se ha cuestionado: “¿Qué busco al seguir a Jesús?”. Si sólo lo busca por curiosidad, interés intelectual o simplemente para rebatir lo que dijo o hizo, seguramente, se alcanzarán respuestas de todo tipo. Pero no resolverá la cuestión de fondo: qué significa encontrarse con ese Alguien.
Los discípulos de Juan no están interesados en “teorías” sobre Jesús ni en especulaciones sobre su enseñanza, sino que buscan entablar un lazo de intimidad y permanecer con él. A la hora de hacer el balance de su opción, tanto Andrés como Simón sintieron que valió la pena ir hacia Jesús y conocer cómo vivía.
Aquella fue una oportunidad para superar la temporalidad, el tedio, la rutina, incluso el sufrimiento que desarticulaba toda esperanza, pero también una instancia esencial para tomar decisiones acertadas.
En los tiempos que vivimos, por muchas razones, ese encuentro personal con Cristo puede perder su fuerza y vigor. No permitamos que suceda así, pues solo la renovación de ese “permanecer” con Cristo, el primer amor, nos lleva a mostrar a Jesús para que otros se salven.
P. Fredy Peña Tobar, ssP

sábado, 6 de enero de 2018

Bautismo del Señor:«Tú eres mi Hijo amado, mi predilecto.»

La fiesta de la navidad, que celebramos recientemente, nos trajo la feliz noticia de que Dios no está solo, sino que ha querido manifestarse en la persona de su Hijo amado.El Bautista se presenta como portador de una instancia del juicio de Dios por los pecados. Por eso sorprende que el Mesías quiera hacerse bautizar, y no que él administre un bautismo. Pero esta decisión de Jesús lo lleva a ser uno con el pecador. Él, que vive en perfecta comunión con Dios Padre, no se aparta de los hombres, sino que vuelca su mirada de misericordia hacia ellos y comparte su suerte.

¿Por qué Jesús se somete al bautismo de Juan? Parece un contrasentido, pero con este acto cumple toda “justicia”, que no tiene nada que ver con un código de leyes religiosas o morales, ni con la justicia predicada por los fariseos o doctores de la Ley. Su justicia es aquella que consuma la voluntad del Padre, es decir, ser paciente y misericordioso con el hombre. Jesús, con su misericordia, nos ofrece su gracia, la misma que en unas bodas permitieron la continuación del festejo y que está presente cuando se bendice el vínculo de dos personas que se aman. La misma gracia que se manifiesta cuando perdona al paralítico y lo sana, y que ahora percibimos cuando somos absueltos, luego de confesar nuestras faltas.
Ante una sociedad que rechaza la enseñanza de que Dios actúa por medio de un sacramento, la fiesta del Bautismo del Señor ratifica que Jesús no escogió un camino fácil, sino que decidió compartir nuestro propio destino. Quiso ser solidario con el hombre y dejó que su Iglesia actúe en su nombre a través de signos y palabras de perdón, los mismos que realizó y dijo cuando estuvo entre nosotros.

P. Fredy Peña Tobar, ssP