domingo, 9 de abril de 2017

DOMINGO DE RAMOS

La homilía que el Papa Francisco pronunció:

Esta celebración tiene como un doble sabor, dulce y amargo, es alegre y dolorosa, porque en ella celebramos la entrada del Señor en Jerusalén, aclamado por sus discípulos como rey, al mismo tiempo que se proclama solemnemente el relato del evangelio sobre su pasión. Por eso nuestro corazón siente ese doloroso contraste y experimenta en cierta medida lo que Jesús sintió en su corazón en ese día, el día en que se regocijó con sus amigos y lloró sobre Jerusalén.

Desde hace 32 años la dimensión gozosa de este domingo se ha enriquecido con la fiesta de los jóvenes: La Jornada Mundial de la Juventud, que este año se celebra en ámbito diocesano, pero que en esta plaza vivirá dentro de poco un momento intenso, de horizontes abiertos, cuando los jóvenes de Cracovia entreguen la Cruz a los jóvenes de Panamá.

El Evangelio que se ha proclamado antes de la procesión (cf. Mt 21,1-11) describe a Jesús bajando del monte de los Olivos montado en una borrica, que nadie había montado nunca; se hace hincapié en el entusiasmo de los discípulos, que acompañan al Maestro con aclamaciones festivas; y podemos imaginarnos con razón cómo los muchachos y jóvenes de la ciudad se dejaron contagiar de este ambiente, uniéndose al cortejo con sus gritos. Jesús mismo ve en esta alegre bienvenida una fuerza irresistible querida por Dios, y a los fariseos escandalizados les responde: ‘Os digo que, si estos callan, gritarán las piedras’ (Lc 19,40).
Pero este Jesús, que justamente según las Escrituras entra de esa manera en la Ciudad Santa, no es un iluso que siembra falsas ilusiones, un profeta ‘new age’, un vendedor de humo, todo lo contrario: es un Mesías bien definido, con la fisonomía concreta del siervo, el siervo de Dios y del hombre que va a la pasión; es el gran Paciente del dolor humano.

Así, al mismo tiempo que también nosotros festejamos a nuestro Rey, pensamos en el sufrimiento que él tendrá que sufrir en esta Semana. Pensamos en las calumnias, los ultrajes, los engaños, las traiciones, el abandono, el juicio inicuo, los golpes, los azotes, la corona de espinas..., y en definitiva al via crucis, hasta la crucifixión.

Él lo dijo claramente a sus discípulos: ‘Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga’ (Mt 16,24). Él nunca prometió honores y triunfos. Los Evangelios son muy claros. Siempre advirtió a sus amigos que el camino era ese, y que la victoria final pasaría a través de la pasión y de la cruz. Y lo mismo vale para nosotros. Para seguir fielmente a Jesús, pedimos la gracia de hacerlo no de palabra sino con los hechos, y de llevar nuestra cruz con paciencia, de no rechazarla, ni deshacerse de ella, sino que, mirándolo a Él, aceptémosla y llevémosla día a día.

Y este Jesús, que acepta que lo aclamen aun sabiendo que le espera el ‘crucifícalo’, no nos pide que lo contemplemos sólo en los cuadros o en las fotografías, o incluso en los vídeos que circulan por la red. No. Él está presente en muchos de nuestros hermanos y hermanas que hoy, hoy sufren como Él, sufren a causa de un trabajo esclavo, sufren por los dramas familiares, por las enfermedades... Sufren a causa de la guerra y del terrorismo, por culpa de los intereses que mueven las armas y dañan con ellas. Hombres y mujeres engañados, pisoteados en su dignidad, descartados... Jesús está en ellos, en cada uno de ellos, y con ese rostro desfigurado, con esa voz rota pide que se le mire, que se le reconozca, que se le ame

No es otro Jesús: es el mismo que entró en Jerusalén en medio de un ondear de ramos de palmas y de olivos. Es el mismo que fue clavado en la cruz y murió entre dos malhechores. No tenemos otro Señor fuera de él: Jesús, humilde Rey de justicia, de misericordia y de paz.

domingo, 5 de febrero de 2017

5º Domingo Tiempo Ordinario. "Luz del mundo" y "Sal de la tierra"



“Ustedes son la sal de la tierra”. Como es bien sabido, una de las funciones principales de la sal es sazonar, dar gusto y sabor a los alimentos. Esta imagen nos recuerda que, por el bautismo, todo nuestro ser ha sido profundamente transformado, porque ha sido "sazonado" con la vida nueva que viene de Cristo ( Rm. 6, 4). La sal por la que no se desvirtúa la identidad cristiana, incluso en un ambiente hondamente secularizado, es la gracia bautismal que nos ha regenerado, haciéndonos vivir en Cristo y concediendo la capacidad de responder a su llamada para "que ofrezcáis vuestros cuerpos como una víctima viva, santa, agradable a Dios" (Rm. 12, 1).

“Ustedes son la luz del mundo”. Para todos aquellos que al principio escucharon a Jesús, al igual que para nosotros, el símbolo de la luz evoca el deseo de verdad y la sed de llegar a la plenitud del conocimiento que están impresos en lo más íntimo de cada ser humano.

La luz de la cual Jesús nos habla en el Evangelio es la de la fe, don gratuito de Dios, que viene a iluminar el corazón y a dar claridad a la inteligencia: "Pues el mismo Dios que dijo: 'De las tinieblas brille la luz', ha hecho brillar la luz en nuestros corazones, para irradiar el conocimiento de la gloria de Dios que está en la faz de Cristo" (2 Co 4, 6). Por eso adquieren un relieve especial las palabras de Jesús cuando explica su identidad y su misión: "Yo soy la luz del mundo; el que me siga no caminará en la oscuridad, sino que tendrá la luz de la vida" (Jn 8, 12).

domingo, 23 de octubre de 2016

Domingo XXX del Tiempo Ordinario - "¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador."

Con una parábola Jesús nos enseña que hay dos maneras de rezar: una, hacer un monólogo con uno mismo y otra, abrir sinceramente el corazón a Dios. El fariseo se examina para ver todo lo bueno que es y hace. Enumera sus virtudes y sus buenas acciones, y lo que parece un agradecimiento a Dios es, en rigor, decirle que sobra y no lo necesita. Este hombre está convencido de que con sus propias fuerzas puede ser justo y ganarse el cielo. No contento con su auto complacencia, se proclama juez del prójimo a quien condena por lo que él considera malas conductas y pecados. Se cree muy cercano a Dios, casi en el mismo nivel. Lejos está de la humildad y de reconocer la propia situación y acusa a los demás de no hacer la voluntad de Dios, cuando él mismo está violando el mandamiento más importante: el del amor.
Su fe es una vivencia exterior de formas y cultura religiosa mientras cultiva la presunción y se encumbra en el propio egoísmo. Los evangelios en otros textos describen a estas personas como bonitos sepulcros, lindos por afuera pero llenos de putrefacción por dentro. A eso se puede reducir el hombre. La oración del publicano, hoy diríamos, un no practicante, es la apertura de su corazón a Dios no negando nada de lo que sucede en su interior y manifestándole que lo necesita, más que el oxígeno para respirar. Está convencido de su indignidad, tanto que ni levanta los ojos para dirigirse a Dios... No menciona a nadie más que a sí mismo. No se compara con nadie, se presenta desnudo de su egoísmo ante Dios. Esta es la oración que llega hasta el cielo, como la de los
leprosos, el ciego de nacimiento, la de Pedro pecador...La humildad que nos pide el evangelio es simplemente reconocer serenamente nuestra situación.
P. Aderico Dolzani,SSP

domingo, 16 de octubre de 2016

Domingo XXIX del Tiempo Ordinario - "Orar siempre sin desanimarse"

Para enseñarnos cómo rezar, el Señor nos manda a la escuela de una viuda pobre y abandonada. Para las situaciones límite a lo largo del evangelio, Jesús nos presenta a mujeres solas como ejemplos. La enferma que quería tocar su manto para sanar después de tantos años de sufrimiento, la viuda de Naín que iba a sepultar a su único hijo, la adúltera, la samaritana. Había un juez corrupto y una viuda que todos los días le rogaba que le hiciera justicia. No le exigía nada especial.
La dignidad de la mujer contra la inmoralidad del juez. La fortaleza femenina contra la prepotencia del poder abusador de los débiles.
El juez hizo justicia porque no soportaba que todos los días lo molestara...Con nuestra oración no molestamos a un juez inicuo, sino a Dios Padre. En la oración aprendemos a recibirlo todos los días como Padre. Cuando rezamos el Padre nuestro, en la primera parte, lo alabamos por lo que él es y su reino.
Le imploramos que haga su voluntad... Así se relaciona un hijo con su padre cuando están unidos por el vínculo del amor.¿Por qué tenemos que rezar siempre? No porque Dios tarda y queremos apurarlo, o para obtener lo imposible, o lo que nos interesa. Nuestra oración es infinita no porque Dios es sordo, sino porque él se da así mismo. No puede hacer otra cosa. Él es infinito, y nosotros necesitamos abrirnos a él todos los días y acordarnos de él varias veces al día.
¿No les sucede lo mismo a los enamorados? ¿O a una madre con los hijos lejanos? Debemos rezar para mantener siempre atentos los sentidos y abierto el corazón para escucharlo y recibirlo. Los injustos, como el juez, podemos ser nosotros, pero Dios será siempre insistente como la viuda.

P. Aderico Dolzani,SSP

domingo, 9 de octubre de 2016

Domingo XXVIII del Tiempo Ordinario - "¡Jesús, Maestro, ten compasión de nosotros! "

Diez leprosos, nueve de ellos judíos y uno samaritano, estaban reunidos a la entrada de un pueblo por ser excluidos de la vida social y familiar. Podían soñar con la muerte como una liberación o un milagro, porque medicinas no había...Entre ellos había convivencia y solidaridad para sobrellevar la situación. El sufrimiento los había unido, pero la curación los separó.


Jesús, en su camino a Jerusalén, pasaba por ese lugar, y ellos le pidieron a gritos: “¡Jesús, Maestro, ten compasión de nosotros!”. El Señor les respondió que fueran a presentarse a los sacerdotes, los únicos que podían constatar la curación y reincorporarlos a la vida social. En el trayecto, se curarán. Podemos imaginar los gritos de alegría y hasta las lágrimas de felicidad al verse sanos, con la piel rejuvenecida y sin llagas.

Los nueve judíos desaparecieron tragados por el milagro de volver a casa, a los abrazos familiares, y estar libres para circular... Querían presentarse cuanto antes a los sacerdotes. Conocían la ley mejor que el pagano. Corrieron detrás del propio interés. El samaritano, en cambio, escuchó su corazón que le pedía ser agradecido y se reencontró con Jesús, porque se dio cuenta de que la salud no venía de la ley ni de los sacerdotes, sino de Jesús.

Para el Señor cuenta el corazón que no conoce fronteras religiosas, políticas ni de clases sociales. Delante de Dios todos los corazones son transparentes y muestran todo el bien y todo el mal que anidan en ellos. Cuando el samaritano se postró ante Jesús, se cumplió otro milagro: la salvación. Queda claro que diez fueron curados, pero uno solo fue salvado.

El sufrimiento hace que invoquemos a Dios porque tenemos hambre de salud, amor, serenidad y ante esas situaciones nos sentimos impotentes. Es por eso que la fe nace del cariño de confiar solo en él.

P. Aderico Dolzani,SSP


lunes, 3 de octubre de 2016

NOVENO DÍA DE NOVENA A FRANCISCO: "Francisco y la Eucaristía"

Francisco presenta la Eucaristía como centro para la vida de cada uno, en su relación con Dios, en sus relaciones con los demás hermanos.
Todos los grandes momentos de su vida han estado cercanos y enmarcados en la Eucaristía: su conversión (lC 22), la conversión de sus primeros compañeros (lC 24), el misterio de la encarnación en Greccio (1C 84).
Animaba incansablemente a sus hermanos a que celebraran la Eucaristía dignamente (CtaO 14-16) e hizo de la Eucaristía el único tema de catequesis para sus hermanos.
Francisco  invitaba a discernir ante la Eucaristía, cuando hay momentos significativos de tu vida y tienes que tomar decisiones, detente ante la Eucaristía, y trata de razonar con la fe, pues la fe nos lleva a discernir y a ver en el pan y en el vino la presencia de Cristo. Solo se puede ser franciscano vivendo la Eucaristía.

domingo, 2 de octubre de 2016

Domingo XXVII del Tiempo Ordinario - "Auméntanos la fe."

En los evangelios encontramos dos formas de oraciones dirigidas a Jesús: unos demandan la sanación de sus dolencias físicas, suplican piedad por las situaciones dolorosas, perdón de los pecados, y otros piden que les aumente la fe. Todos los sufrimientos que anidan en nuestro corazón y los misterios pueden formar parte de estos dos modos de orar.
Sin fe no hay vida posible. Nos humanizamos si confiamos totalmente en otras personas, comenzando por nuestra madre. Esa es la fuerza que nos mantiene vivos y que, cuando falta, abre ante nosotros un abismo de muerte. Jesús responde a sus discípulos que les bastaría con una fe del tamaño minúsculo de una semilla de mostaza para realizar milagros extraordinarios. No es cuestión de cantidad, sino de calidad.
La fe de los seguros, de los que se sienten ya salvados y protegidos manifiesta que son los más necesitados de conversión para dejar que Dios guíe sus vidas y no ellos la voluntad de Dios.
Quien tiene fe se abandona en los brazos de Dios como un bebé en los de su mamá y de su papá. Es el único lugar del universo donde un niño se encuentra seguro. El amor de un bebé es inmensurable. Sin sus padres es una criatura indefensa. Con sus padres lo puede todo. Cuando tenemos esperanza podemos contemplar los mares llenos de árboles...
Más allá de la metáfora, es alentador ver que los misioneros perseveran en lugares imposibles, cuando los cristianos perseguidos dan la vida, cuando las religiosas cuidan a los que el mundo rechaza como deshechos, cuando los muros del odio caen, cuando el amor no se rinde, aun cuando en años no se observan resultados. Porque no es el éxito lo que importa, sino el amor con que se hace. Somos siervos inútiles, también cuando vemos resultados, porque la obra es de Dios y no nuestra.

P. Aderico Dolzani,SSP


OCTAVO DÍA DE NOVENA A FRANCISCO: "Francisco y el Evangelio"

Para ser santo, es preciso ser humano; para ser humano, es preciso ser sensible y tierno. Y, precisamente, en su ternura hacia todas las criaturas y su sensibilidad frente a la debilidad humana,  radica la santidad de Francisco de Asís.

 Estudiar la vida de Francisco es estudiar el evangelio viviente y puesto en práctica, lo acusaron de ser "utópico", irrealista, ¡Gracias a Dios que sí! Porque solamente aquel que desea lo que parece imposible para los hombres acaba por lograr lo que si es posible con Dios. Para muchos de nosotros, el evangelio está propuesto como un ideal, para Francisco fue una forma de vida, una exigencia.
Podemos resumir todo lo que significa la vida y la presencia de Francisco de Asís en la historia en una sola palabra: ternura. Pero "ternura" más que una palabra hablada es una práctica de vida que no solamente capta la esencia misma de Francisco, sino se espera, de toda la familia franciscana en el mundo hoy. La ternura, más que un sentimiento, es la capacidad de identificarse con el dolor y sufrimiento de otros; es la capacidad de hacer latir el corazón con el pulso del otro y es nuestra respuesta al amor que Dios tiene hacia todas sus criaturas.

Francisco, siendo joven, no tuvo miedo de la grandeza a la que Dios lo llamaba. “¡Esto es lo que yo quiero, esto es lo que yo busco, esto es lo que en lo más íntimo del corazón anhelo poner en práctica!”, decía el santo.
 
Nuestro mundo muchas veces enseña a los hombres a vivir como lobos, los uno contra los otros. El amor que nace del Evangelio vence los “lobos” de este mundo, como hizo Francisco, que no tuvo miedo de ir hacia quien era considerado como un lobo.

El mejor homenaje que podemos ofrecer para honrar a Nuestro Padre, Francisco, en todos los tiempos, es, hacer lo que él hizo - creer en la palabra de Dios y ponerla en práctica; ser sacramentos vivos de los valores del Reino, hacer de nuestra vida una escenificaciones del evangelio y los bienaventuranzas, para que desde nuestro testimonio vayamos construyendo, dentro de este mundo, el Reino de Justicia, de Paz y de Amor.