domingo, 12 de junio de 2016

Domingo X del Tiempo Ordinario_ Jesús dijo a la mujer: «Tu fe te ha salvado, vete en paz.»

“Un fariseo rogaba a Jesús que fuera a comer con él. Jesús, entrando en casa del fariseo, se puso a la mesa”. Simón sabe que Jesús conoce a los hombres, pero no se imagina que los conoce entrando en su conciencia e iluminándola con su luz. Simón está lleno de sí, de su dignidad de buen fariseo cumplidor de la Ley, satisfecho de sí mismo y de sus obras, está convencido de haber agradado a Jesús invitándolo a comer y espera que Jesús le agradezca su invitación. La luz de Jesús no puede penetrar en Simón, porque encuentra materia opaca y emergen las sombras de la soberbia y la vanidad, de la presunción y del desprecio que tiene hacia los demás que le lleva a juzgar a Jesús y a la mujer: “Si éste fuera profeta, sabría quién es esta mujer que lo está tocando y lo que es: una pecadora”. Su corazón está cerrado.

“Y una mujer de la ciudad, una pecadora, al enterarse de que estaba comiendo en casa del fariseo, vino con un frasco de perfume y, colocándose detrás Junto a sus pies, comenzó a llorar, y con sus lágrimas le mojaba los pies, se los secaba con sus cabellos, los cubría de besos y los ungía con el perfume”. La mujer pecadora es transparente, abierta a la luz de Jesús que la conoce transformándola. La mujer llora sus pecados a los pies de Jesús pensando que no vale nada, que no merece nada, porque ha pecado mucho. La gente murmura de ella y ella busca a Jesús y se abandona en Jesús. La luz de Jesús entra en su corazón perdonándola y reconstruyendo su vida perdida. La mujer ha buscado a Cristo y Él se ha dejado encontrar por ella. Ella ha sido alcanzada por Cristo Salvador.

Jesús conociendo y amando al fariseo y a la pecadora pone de manifiesto ante ellos mismos sus diversas realidades interiores: “Jesús tomó la palabra y le dijo: «Simón, tengo algo que decirte». Él respondió: «Dímelo, maestro». «¿Ves a esta mujer? Cuando yo entré en tu casa, no me pusiste agua para los pies…, no me diste el beso de saludo…, no me ungiste la cabeza con ungüento”. Simón que presumía de sus grandes méritos, queda desenmascarado como un hombre mezquino, áspero, frío, árido, incapaz de acoger bien a los demás. El Señor ilumina la conciencia de Simón para que tenga la oportunidad de cambiar la triste situación en la que se encuentra.

La pecadora, que era despreciada, demuestra tener un corazón grande. Ella es consciente del amor de Cristo, ella sabe que Jesús la ama y sufre por su pecado. Y este conocimiento del amor herido del Señor le lleva a corresponder con un amor reparador concretado en obras: “…me ha lavado los pies con sus lágrimas y me los ha secado con sus cabellos, no ha dejado de besarme los pies, me ha ungido los pies con perfume”. La reparación se funda en el amor, en la amistad y en la misericordia de Dios. El pecador de vuelve al Señor, tocado por su amor, y vive en adelante con más amor en compensación de la falta de amor que supone cada pecado. Esto sólo lo podemos vivir si se da una experiencia de encuentro con el Corazón del Padre, si nos sentimos tocados por su amor, entonces nos damos cuenta de lo mal que tratamos al Señor, sentimos dolor por ofender al Amor y a la vez surge un anhelo de amar más y mejor, de vivir una vida más diligente y generosa respecto a Dios y a los hermanos; se va creando en nosotros un corazón de hijo para con Dios, que sintoniza con el sufrimiento del Corazón del Padre, y un corazón de hermano, que se solidariza con el sufrimiento de los demás. Esta es la preciosa gracia de vivir un amor reparador. La reparación es el deseo y la decisión de de agradar al Señor en todo. Es mostrar delicadeza en el trato con Cristo y servirle generosamente. “Por eso…, sus muchos pecados están perdonados, porque tiene mucho amor; pero a quien poco se le perdona, es porque demuestra poco amor». Y a ella le dijo: «Tus pecados están perdonados…, tu fe te ha salvado: vete en paz”.



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