domingo, 16 de octubre de 2016

Domingo XXIX del Tiempo Ordinario - "Orar siempre sin desanimarse"

Para enseñarnos cómo rezar, el Señor nos manda a la escuela de una viuda pobre y abandonada. Para las situaciones límite a lo largo del evangelio, Jesús nos presenta a mujeres solas como ejemplos. La enferma que quería tocar su manto para sanar después de tantos años de sufrimiento, la viuda de Naín que iba a sepultar a su único hijo, la adúltera, la samaritana. Había un juez corrupto y una viuda que todos los días le rogaba que le hiciera justicia. No le exigía nada especial.
La dignidad de la mujer contra la inmoralidad del juez. La fortaleza femenina contra la prepotencia del poder abusador de los débiles.
El juez hizo justicia porque no soportaba que todos los días lo molestara...Con nuestra oración no molestamos a un juez inicuo, sino a Dios Padre. En la oración aprendemos a recibirlo todos los días como Padre. Cuando rezamos el Padre nuestro, en la primera parte, lo alabamos por lo que él es y su reino.
Le imploramos que haga su voluntad... Así se relaciona un hijo con su padre cuando están unidos por el vínculo del amor.¿Por qué tenemos que rezar siempre? No porque Dios tarda y queremos apurarlo, o para obtener lo imposible, o lo que nos interesa. Nuestra oración es infinita no porque Dios es sordo, sino porque él se da así mismo. No puede hacer otra cosa. Él es infinito, y nosotros necesitamos abrirnos a él todos los días y acordarnos de él varias veces al día.
¿No les sucede lo mismo a los enamorados? ¿O a una madre con los hijos lejanos? Debemos rezar para mantener siempre atentos los sentidos y abierto el corazón para escucharlo y recibirlo. Los injustos, como el juez, podemos ser nosotros, pero Dios será siempre insistente como la viuda.

P. Aderico Dolzani,SSP

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