sábado, 3 de marzo de 2018

TERCER DOMINGO DE CUARESMA


En el Evangelio del tercer Domingo de Cuaresma, San Juan relata que Jesús, al encontrar en el templo de Jerusalén a vendedores y cambistas, hizo un azote de cordeles y los arrojó con palabras encendidas: «¡Quitad esto de aquí: no convirtáis en un mercado la Casa de mi Padre!» (Jn 2, 16).

La actitud «severa» del Señor parecería estar en contraste con la mansedumbre habitual con la que se acerca a los pecadores, cura a los enfermos, acoge a los pequeños y a los débiles. Sin embargo, observando con atención, la mansedumbre y la severidad son expresiones del mismo amor, que sabe ser, según la necesidad, tierno y exigente. El amor auténtico va acompañado siempre por la verdad.

Ciertamente, el celo y el amor de Jesús a la Casa del Padre no se limitan a un templo de piedra. El mundo entero pertenece a Dios, y no se ha de profanar. Con el gesto profético que nos refiere el texto evangélico de hoy, Cristo nos pone en guardia contra la tentación de «comerciar» incluso con la religión, supeditándola a intereses mundanos o, de cualquier modo, ajenos a ella.

La página evangélica también tiene un significado más específico, que remite al misterio de Cristo y anuncia la alegría de la Pascua. Respondiendo a quienes le pedían que confirmara con un «signo» su profecía, Jesús lanza una especie de desafío: «Destruid este templo, y en tres días lo levantaré» (Jn 2, 19). El mismo evangelista advierte que hablaba de su cuerpo, aludiendo a su futura resurrección. Así, la humanidad de Cristo se presenta como el verdadero «templo», la Casa viva de Dios. Será «destruida» en el Gólgota, pero inmediatamente volverá a ser «reconstruida» en la gloria, para transformarse en morada espiritual de cuantos acogen el mensaje evangélico y se dejan plasmar por el Espíritu de Dios.

Que la Virgen nos ayude a acoger las palabras de su Hijo divino. La misión de María consiste, precisamente, en llevarnos a Él, repitiéndonos la invitación que hizo a los sirvientes en Caná: «Haced lo que Él os diga» (Jn 2, 5). Escuchemos su voz materna. María sabe bien que las exigencias del Evangelio, incluso cuando son pesadas y duras, constituyen el secreto de la verdadera libertad y de nuestra felicidad auténtica.




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